A los seis años de edad y hechizado por las historias que mi abuelo me contaba sobre cocinas nórdicas, hoteles, cenas, viajes y países lejanos; sin querer comencé a jugar en la cocina horneando unos crujientes merengues (suspiros) y así descubrí dos cosas que me acompañarían por el resto de mi vida: Una, la intimidad de la elaboración, su alquimia y la autista conexión durante la preparación del alimento; La segunda, el placentero momento que me provocaba ver la expresión de mis comensales al llevarse el primer bocado a la boca...Pablo Künzel